RDÉ DIGITAL, SANTO DOMINGO.-Cada 1 de agosto se celebra el Día Mundial de la Alegría, una fecha creada para recordarnos el valor de la felicidad en nuestra vida cotidiana. El día mundial de la alegría nació en 2010 por iniciativa del gestor cultural colombiano Alfonso Becerra durante un congreso en Chile, y desde entonces se ha expandido por todo el mundo como una invitación a promover el bienestar emocional.
Más allá de ser una emoción pasajera, la alegría tiene efectos duraderos sobre nuestra salud física y mental. Según especialistas del Colegio Real de Cirujanos de Irlanda, desencadena procesos cerebrales y hormonales que fortalecen el sistema inmunológico, mejoran la recuperación ante enfermedades y refuerzan los vínculos sociales.
En este contexto, la neurociencia ha identificado una serie de hábitos que pueden ayudar a activar las conocidas “hormonas de la felicidad”: dopamina, oxitocina, serotonina, endorfinas y anandamida. Estas sustancias influyen directamente sobre nuestro estado de ánimo, motivación y sensación de bienestar.
El primero de estos hábitos es cultivar relaciones personales sólidas. Estudios de Harvard han demostrado que quienes mantienen vínculos afectivos de calidad tienden a ser más felices y saludables. La conexión emocional es, para muchos científicos, uno de los pilares más sólidos de la alegría sostenida.
En segundo lugar, se recomienda buscar un propósito personal y disfrutar de los placeres cotidianos. Actividades como leer, compartir una comida, escuchar música o simplemente pasar tiempo en la naturaleza ayudan a crear momentos de bienestar y a dar sentido a la rutina.
Dormir bien es otro factor fundamental. Una investigación reciente que analizó más de 150 estudios concluyó que la calidad del sueño está estrechamente relacionada con la capacidad de sentir emociones positivas. Dormir bien mejora la regulación emocional y ayuda a enfrentar mejor el estrés diario.
Por último, los expertos aconsejan ejercitar la gratitud y desarrollar resiliencia. Agradecer por lo positivo de cada día fortalece la autoestima y ayuda a ver el mundo con una perspectiva más optimista. La resiliencia, en tanto, permite atravesar momentos difíciles sin perder la capacidad de disfrutar lo bueno. Según la ciencia, la alegría no solo se siente: también se entrena.

