RDÉ DIGITAL, SANTO DOMINGO.- Vivimos en una era donde la conexión es permanente, pero la autoestima parece depender del algoritmo. Las redes sociales, diseñadas para mantenernos visibles y activos, también nos exponen a una comparación constante que erosiona la percepción del valor personal.
Estudios del Pew Research Center (2024) revelan que el 67 % de los jóvenes reconoce sentirse peor consigo mismo tras comparar su vida con lo que ve en plataformas como Instagram o TikTok.
La paradoja es clara: mientras buscamos aprobación, perdemos autenticidad.
La trampa del “me gusta”
El amor propio ha pasado a medirse en números: seguidores, likes y vistas. Este sistema de validación externa distorsiona el sentido de identidad.
La psicóloga social Amy Orben, de la Universidad de Cambridge, explica que las redes “entrenan al cerebro para asociar la autoestima con recompensas inmediatas”.
Esa búsqueda constante de aprobación digital puede generar ansiedad, insatisfacción corporal y sensación de fracaso, especialmente cuando la vida real no se ve tan perfecta como en la pantalla.
Autenticidad frente al algoritmo
En contraposición, cada vez más voces promueven una cultura del autocuidado digital. Influencers, artistas y psicólogos abogan por “mostrar la vida sin filtro” como un acto de resistencia emocional.
El amor propio, en esta era, no consiste en gustar más, sino en compararse menos.
Plataformas como BeReal o los movimientos de “slow content” intentan recuperar la naturalidad en el entorno digital, fomentando la presencia consciente y la aceptación personal frente a los estándares imposibles del contenido viral.
Cuidar lo que consumimos, cuidar lo que sentimos
El amor propio también se cultiva a través de la gestión emocional de lo que vemos y compartimos. Elegir a quién seguimos, cuánto tiempo dedicamos y cómo interpretamos lo que vemos puede marcar una gran diferencia en nuestro bienestar

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que el uso excesivo de redes está vinculado a un incremento del 25 % en síntomas de depresión y ansiedad entre usuarios jóvenes.
Practicar pausas digitales, priorizar vínculos reales y recordar que el valor personal no depende del reconocimiento público son actos de amor propio contemporáneo.
El amor propio como resistencia
En un entorno que nos enseña a compararnos, amarse es un acto revolucionario.
Aceptar las imperfecciones, poner límites, desconectarse para reconectarse y elegir el silencio frente al ruido son gestos que reafirman nuestra autonomía emocional.
Como escribió Nietzsche, origen del término Amor Fati:
“No querer que nada sea diferente, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad.”
Aplicado a nuestro tiempo, significa amar lo que somos, incluso cuando no somos tendencia.


