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Destruir el Jardín Botánico, un crimen ambiental anunciado

RDÉ DIGITAL, SANTO DOMINGO.- Volvemos a tropezar con la misma piedra.  Hoy resurge el proyecto de ampliar la avenida República de Colombia, que en otros tiempos fue detenido por la presión social, precisamente porque implicaba una aberración: destruir parte del Jardín Botánico Nacional Doctor Rafael María Moscoso.  La idea de amputar 4,300 metros cuadrados —y quién sabe si más— de este santuario natural para acomodar más vehículos no solo es un despropósito, es un crimen ambiental anunciado.

Hace casi una década, en marzo de 2016, el entonces director del Botánico, Ricardo García, alertó sobre el riesgo de eliminar esa inmensa área verde, que equivaldría a aniquilar 600 plantas, afectar el parqueo y comprometer áreas de colecciones científicas.  Algunos podrían minimizarlo comparándolo con los 1.8 millones de metros cuadrados totales del parque.  Pero hacerlo sería una muestra peligrosa de ignorancia ecológica.  Cada metro del Jardín Botánico cumple un rol vital en la conservación de nuestra biodiversidad, en un país donde las presiones urbanas no dan tregua.

El Jardín Botánico Nacional no es solo un bonito parque para pasear y tomarse fotos.  Este espacio alberga el herbario más grande del Caribe, con más de 140,000 muestras, incluyendo la colección histórica del naturalista Miguel Canela Lázaro.  Es, además, un laboratorio vivo que sostiene el único vivero especializado en plantas endémicas y nativas, y un área dedicada a recuperar cactus incautados en ventas ilegales.  Esto, sin mencionar el parqueo, ya insuficiente para la cantidad de visitantes que recibe, que también figura entre las áreas amenazadas.

Lo más alarmante es que, a día de hoy, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales admite no haber recibido una propuesta formal ni un estudio de impacto ambiental.  Mientras tanto, Obras Públicas ya marca terrenos y socializa el proyecto de Medio Ambiente, pese al rechazo de ambientalistas y de la Comisión Ambiental de la UASD.

Por si fuera poco, circula el rumor de que la intervención podría terminar reduciendo unos 11 mil metros del pulmón ecológico más importante de la capital.  La respuesta oficial es ambigua.  Dice que se intervendría una franja perimetral fuera de la verja y sin comprometer el área protegida. Pero sin planos detallados ni licencias, esa promesa es humo.

Resulta inconcebible que en pleno siglo XXI, con el planeta asfixiado por la crisis climática, consideremos viable dañar uno de nuestros principales pulmones verdes para “mejorar el tránsito”.  ¿Qué tipo de desarrollo es ese que destruye lo que da vida? Las ciudades modernas entienden que el progreso pasa por priorizar espacios verdes, movilidad sostenible y calidad ambiental.  Si permitimos que el Jardín Botánico sea reducido en nombre de los automóviles, estaremos enviando un mensaje claro: en este país, el cemento vale más que la vida.

Hoy más que nunca, toca alzar la voz.  Como sociedad, no podemos tolerar que se toque ni un centímetro del Jardín Botánico.  Que amplíen avenidas donde quieran, pero no allí.  Las futuras generaciones merecen heredar más árboles, más oxígeno y más ciencia, no un recuerdo amargo de lo que destruimos por pura cortedad de miras.

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