RDÉ DIGITAL, ARGENTINA.-Una serie de manos estampadas en piedra, una escena de caza en lo profundo de una cueva, una estatuilla femenina, retratos de rostros que esperaban la muerte. Desde sus orígenes, el arte ha estado presente en la historia de la humanidad, mucho antes de que existieran los sistemas de producción, el comercio o las finanzas.
Karl Marx planteaba que el arte no es una esfera autónoma, sino que está condicionado por la base económica de la sociedad. Esta visión ha predominado durante siglos, sobre todo a partir del Renacimiento, cuando los artistas comenzaron a depender del sistema de mecenazgo y del poder económico de nobles y banqueros. Pero no siempre fue así. Durante milenios, hubo creadores sin nombre que no producían por encargo ni por dinero, sino por un gesto creativo primigenio, tal vez el más puro de toda nuestra historia.
Las primeras obras
En la provincia de Santa Cruz, Argentina, se encuentra la Cueva de las Manos, intervenida hace más de 12.000 años. Junto con otros sitios como Monte Verde (Chile) o Pedra Furada (Brasil), que la UNESCO estima con una antigüedad cercana a los 25.000 años, forman parte de los más destacados enclaves arqueológicos de América.
Sin embargo, las expresiones artísticas más antiguas conocidas se encuentran en la isla de Sulawesi, en Indonesia. En 2023 se confirmó que una pintura hallada en la cueva de piedra caliza Leang Karampuang que representa tres figuras humanas y un cerdo fue realizada hace aproximadamente 51.200 años.
Algunos sostienen que estas manifestaciones no pueden considerarse arte, ya que no fueron creadas con fines estéticos ni dentro de un sistema comercial. Pero, incluso durante el Renacimiento, el arte no siempre fue mercancía: también fue representación de la vida, del mito o del ideal de belleza.
Entonces, aunque en la era de las cavernas no existía el concepto moderno de “arte”, estas expresiones eran sin duda artísticas: había en ellas intención, simbolismo y una profunda necesidad de comunicar.
Venus, máscaras y retratos
Un ejemplo destacado es la Venus de Willendorf, una pequeña figura femenina hallada en Austria a principios del siglo XX, con más de 30.000 años de antigüedad. Se desconoce si fue símbolo de fertilidad, representación religiosa o un ideal estético, pero sí se sabe que alguien la talló, la modeló sobre piedra caliza y la pintó con ocre rojo.
¿Puede alguien considerar a ese artista prehistórico en la misma liga que Rafael o Miguel Ángel? Todo depende de cómo entendamos la historia. Desde el siglo XVI al XVII, las clases altas europeas reunían “gabinetes de curiosidades” (Wunderkammern), donde acumulaban objetos de todas partes del mundo: desde fósiles hasta arte sacro, con el fin de coleccionar conocimiento, poder y exotismo.
Estos gabinetes dieron origen a los museos modernos y a la clasificación cultural del mundo, que se acentuó en el siglo XIX con el pensamiento positivista. Fue entonces cuando se comenzó a trazar una línea entre “arte” y “arqueología”, y a definir qué merecía ser contemplado en museos y qué debía ser estudiado como mero objeto antropológico.
Europa o más precisamente, las potencias coloniales de Europa occidental se arrogó la autoridad para decidir qué era “alta cultura”. Según esa lógica, las expresiones culturales de sus colonias o de regiones no occidentalizadas fueron relegadas, invisibilizadas o incluso expoliadas.

El fraude de Piltdown y la batalla del relato
Uno de los ejemplos más claros de esa competencia por el relato cultural fue el caso del Hombre de Piltdown: un fraude arqueológico que durante décadas se utilizó para defender la idea de que el origen de la humanidad estaba en Inglaterra. En lo que respecta al arte rupestre, hasta hace poco los franceses defendían que la Cueva de Chauvet, con pinturas de unos 36.000 años, era la cuna del arte. Pero Sulawesi cambió esa narrativa.
Mucho antes del Renacimiento, el arte floreció en Egipto, Grecia, Etruria o Bizancio. Plinio el Viejo narra en su Naturalis Historia una anécdota sobre dos pintores griegos, Zeuxis y Parrasio, que compitieron en realismo: Zeuxis pintó uvas tan perfectas que los pájaros intentaban comerlas; Parrasio, una cortina tan convincente que Zeuxis intentó correrla.
Entre los siglos I y IV, en El Fayum, Egipto, se realizaron más de 900 retratos funerarios. Estos rostros de soldados, comerciantes y sacerdotes fueron descubiertos a fines del siglo XIX y enviados a museos como el Británico, el Met o el Louvre. El crítico de arte John Berger opinó que, si se hubieran descubierto antes, se los habría considerado simples curiosidades. Hoy son, sin duda, piezas fundamentales del arte antiguo.
Lo mismo ha ocurrido con obras saqueadas como los Bronces de Benín, cuya restitución sigue siendo reclamada por países africanos, aunque museos de Estados Unidos, Países Bajos o Alemania ya comenzaron a devolverlos.

Arte sin precio
El sistema financiero, tal como lo conocemos, surgió miles de años después del arte. En la antigua Mesopotamia, hacia el 2000 a.C., ya se registraban préstamos de grano entre agricultores y comerciantes. Sin embargo, la figura moderna del banquero apareció recién entre los siglos XIII y XV en ciudades como Florencia o Venecia, y fue clave en el desarrollo de la economía europea… y del arte como profesión.
Gracias al mecenazgo, los artistas comenzaron a vivir de su trabajo, aunque también quedaron atados a encargos y temas impuestos por quienes pagaban. Desde entonces, el arte ha estado en tensión constante entre la expresión libre y el sistema de mercado.
El mercado del arte, con sus galerías, subastas y ferias, sigue dictando hoy quién vale y quién no. Y como en otros aspectos del capitalismo global, la lógica centro-periferia continúa vigente: el lugar de nacimiento de un artista todavía influye en su reconocimiento internacional.
Sin embargo, no todo el arte pasa por la venta. Desde los años 60, los happenings y el arte relacional han propuesto una ruptura con la comercialización. El historiador francés Nicolas Bourriaud define el arte como “un estado de encuentro”: la obra no es un objeto, sino una experiencia compartida.

Un arte que se comparte
Su obra cambiaba con el tiempo y la interacción, sin que mediara ningún tipo de transacción económica.
El argentino Gabriel Baggio, en 2002, presentó Sopa, una performance doméstica donde, junto a su madre y abuela, cocinaba recetas familiares que luego eran evaluadas por el público. Lo cotidiano convertido en arte, sin precio de entrada.
Como en las cavernas, el arte sigue siendo un modo de marcar presencia, de decir: “yo estuve aquí”. Las artes plásticas, a diferencia de la literatura o el cine, no requieren silencio ni soledad: pueden vivirse en comunidad, compartirse en el momento, ser efímeras o eternas.
Y no necesitan de banqueros ni mercaderes para tener valor.
Solo requieren de un deseo como diría Lacan, de un impulso simbólico que surge de una falta, de la incompletud del ser. Porque, en definitiva, el arte puede completarnos. Aunque sea por un instante.

