RDÉ DIGITAL, SANTO DOMINGO.– Rafael Leónidas Trujillo Molina nació en 1891 en una República Dominicana marcada por la inestabilidad política y la intervención extranjera. Ingresó al Ejército Nacional durante la ocupación estadounidense (1916-1924), donde fue entrenado por oficiales de los marines. Su ascenso fue meteórico: en poco tiempo se convirtió en jefe militar y, tras el derrocamiento del presidente Horacio Vásquez en 1930, tomó el poder mediante elecciones fraudulentas. Así comenzó una de las dictaduras más largas y feroces del continente.
Consolidación de un régimen absoluto
Desde el inicio, Trujillo instauró un poder totalitario. Centralizó los órganos del Estado, fundó el Partido Dominicano —única fuerza legal durante décadas— y eliminó cualquier oposición. Su imagen se convirtió en omnipresente: billetes, templos, escuelas y oficinas públicas llevaban su retrato. Rebautizó la capital como “Ciudad Trujillo” y adoptó títulos como “Benefactor de la Patria” o “Padre de la Nueva Patria”. Bajo su dominio, creó una vasta red empresarial que enriqueció a su círculo íntimo mientras proyectaba una falsa imagen de estabilidad económica.
Represión sangrienta y el reinado del terror
El aparato represivo del régimen, encabezado por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), implantó una política de terror de Estado: detenciones arbitrarias, desapariciones, torturas y asesinatos. Uno de los hechos más atroces fue la Masacre del Perejil en 1937, que exterminó a entre 15,000 y 20,000 haitianos en la frontera. Décadas más tarde, el asesinato de las hermanas Mirabal en 1960 desató indignación internacional, convirtiéndose en símbolo de resistencia. La población entera vivía bajo vigilancia; la censura a la prensa era absoluta, y el adoctrinamiento se imponía desde la educación primaria.
Aislamiento internacional y caída del régimen
Durante años, Trujillo mantuvo el respaldo de EE. UU. por su postura anticomunista. Sin embargo, el intento de asesinato del presidente venezolano Rómulo Betancourt provocó sanciones de la OEA y deterioró su apoyo exterior. Internamente, crecían las conspiraciones. El 30 de mayo de 1961, un grupo de civiles y militares, incluidos antiguos aliados, emboscó y ejecutó al dictador en la autopista Santo Domingo–San Cristóbal. Su muerte marcó el principio del fin del trujillismo. Su familia intentó conservar el poder, pero la presión interna y externa lo impidió. La rebelión de los pilotos en noviembre de ese año selló la caída definitiva del régimen.
El 30 de mayo: un día aparentemente rutinario
Esa mañana, Trujillo se levantó a las 5:00 a. m., revisó reportes de inteligencia y se dirigió al Palacio Nacional. A las 10:00 a. m. visitó la Base Aérea de San Isidro junto al coronel Marcos Jorge Moreno. Luego almorzó con un colaborador estadounidense y con Miguel Ángel Báez Díaz, quien resultó ser un conspirador encubierto. A la 1:30 p. m., Trujillo se paseó por la Estancia Ramfis, actual sede de la Cancillería.
Señales ignoradas y movimientos conspirativos
A las 5:00 p. m., Báez Díaz informó a Antonio de la Maza sobre el viaje del dictador a San Cristóbal. Inmediatamente, se activó el grupo conspirador, integrado por Imbert Barrera, Estrella Sadhalá, Amado García Guerrero, Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño y Roberto Pastoriza. Mientras Trujillo seguía su rutina —visitó a su madre, caminó por el Malecón y se reunió con Joaquín Balaguer— los conjurados preparaban la emboscada.
La emboscada: ejecución y legado histórico
Vestido con su uniforme verde olivo, Trujillo salió en su Chevrolet azul celeste con rumbo a su hacienda en San Cristóbal. Ordenó no llevar escoltas, decisión que facilitó su asesinato. A las 8:00 p. m., los conspiradores lo interceptaron y lo acribillaron. La operación fue el inicio del colapso de un sistema represivo que había marcado con sangre la historia dominicana. Su ajusticiamiento no fue obra de un solo hombre, sino el resultado del desgaste de un régimen sostenido en el miedo. El país aún trabaja por sanar y recordar, para que ese horror no vuelva a repetirse.

