RDÉ DIGITAL, SANTO DOMINGO. – En las dos primeras entregas de esta serie abordamos dos obstáculos que enfrentan quienes desean formar una familia: la falta de recursos económicos y la pobreza de tiempo. También planteamos la necesidad de fortalecer instituciones educativas capaces de acompañar a los padres en la formación de sus hijos.
Existe, sin embargo, una tercera dimensión que no podemos ignorar: la transformación de la estructura familiar dominicana.
¿Debemos hacernos la pregunta de por qué es lujo el matrimonio en República Dominicana?
De acuerdo con el Anuario de Estadísticas Vitales 2025 de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), República Dominicana registró 123,759 nacimientos durante ese año. De estos, 105.943 —equivalentes al 85,60 %— correspondieron a madres declaradas legalmente solteras. Otros 17.138 nacimientos, el 13,85 %, correspondieron a madres casadas, mientras que en 678 casos no se declaró el estado civil.
La cifra resulta impactante, pero debe interpretarse correctamente.
Soltera no significa necesariamente sola
El registro dominicano clasifica el estado civil de la madre en tres categorías: soltera, casada y no declarada. No incluye una categoría separada para quienes viven en unión libre.
Por tanto, entre las madres registradas como solteras pueden encontrarse mujeres que mantienen relaciones estables, comparten vivienda con el padre de sus hijos y forman hogares funcionales, pero cuya unión no ha sido formalizada legalmente.
La propia ONE realiza esta aclaración. Además, la ENHOGAR-MICS 2025 establece que el 51,2 % de las mujeres dominicanas de entre 15 y 49 años se encuentran casadas o en unión. Esto confirma que la convivencia consensual tiene un peso considerable dentro de la realidad familiar del país.
En consecuencia, no podemos afirmar que el 85,60 % de las madres crían solas. Lo que sí podemos afirmar es que existe una distancia considerable entre la familia que reconoce el registro civil y la familia que existe en la práctica.
La informalidad también llegó a la familia
Durante décadas hemos hablado de la informalidad laboral, empresarial y económica. Sin embargo, prestamos menos atención a otra forma de informalidad: la de las relaciones familiares.
Muchas parejas conviven, tienen hijos y comparten gastos sin formalizar su relación. En algunos casos se trata de una decisión personal. En otros, responden a relaciones inestables, embarazos no planificados, separaciones tempranas o desconfianza frente al matrimonio.
También existe una explicación económica.
Casarse no consiste solamente en celebrar una boda. Para muchas personas significa asumir compromisos mientras todavía carecen de vivienda, estabilidad laboral, ahorros o ingresos suficientes. Ante esta realidad, numerosas parejas postergan el matrimonio esperando alcanzar una seguridad económica que podría tardar años en llegar.
En 2025 se registraron 40.750 matrimonios en República Dominicana, un 8,72 % menos que en 2024. La tasa de nupcialidad se situó en 3,75 matrimonios por cada mil habitantes. No solamente están disminuyendo los nacimientos; También se está reduciendo la formalización de las uniones.
Cuando formar un hogar estable exige condiciones económicas cada vez más difíciles de alcanzar, hasta el matrimonio comienza a convertirse en un lujo.
La maternidad no puede convertirse en una penalización
El estado civil de la madre no permite saber si el padre vive en el hogar, aportando económicamente o participando activamente en la crianza. Esa ausencia estadística es importante porque no es lo mismo una madre legalmente soltera que convive con el padre de sus hijos que una mujer obligada a sostener sola su hogar.
Cuando el padre no participa o lo hace de manera irregular, la madre asume una carga que no termina al concluir su jornada laboral. Después del trabajo comienza una segunda jornada: preparar alimentos, revisar tareas, llevar a los hijos al médico, organizar la casa y proporcionar acompañamiento emocional.
Esta carga puede limitar sus posibilidades de estudiar, obtener un ascenso, emprender o aceptar un empleo con mayores responsabilidades. También puede empujarla hacia trabajos informales que ofrecen flexibilidad, pero menores ingresos y protección.
Una sociedad no puede preocuparse por la reducción de los nacimientos mientras permite que la maternidad se convierta en una fuente de inseguridad económica y que la paternidad responsable continúe siendo tratada como una conducta voluntaria.
Licencia parental compartida
En República Dominicana, la madre trabajadora dispone de 14 semanas de licencia, equivalentes a 98 días. En contraste, el padre del sector privado recibe apenas dos días, mientras que los servidores públicos cuentan con 15 días hábiles.
Propongo establecer una licencia de paternidad remunerada de 30 días para todos los trabajadores, que pueda utilizarse de manera consecutiva o parcial durante los primeros tres meses del nacimiento.
Esta medida no reduciría la licencia de la madre. Su propósito sería permitir que el padre participe desde el inicio, acompañe la recuperación materna y asuma responsabilidades reales en el cuidado del recién nacido.
Mientras el tiempo y el costo laboral de la crianza recaigan casi exclusivamente sobre la mujer, la maternidad comenzará afectando sus oportunidades profesionales. Treinta días para el padre representarían un primer paso hacia una responsabilidad verdaderamente compartida.
La familia necesita algo más que discursos.
El 85,60 % no demuestra que una proporción igual de madres esté sola. Pero sí revela que la mayoría de los nacimientos ocurren fuera del matrimonio legal y que todavía no sabemos con precisión cómo están organizadas esas familias.
Esa realidad no debe utilizarse para juzgar. Debe servir para actuar.
El núcleo familiar continuará siendo el principal espacio de formación de los ciudadanos. Allí se aprenden los primeros límites, hábitos, responsabilidades, valores y expresiones de fe. Pero, para cumplir esta misión, la familia necesita estabilidad económica, tiempo, acompañamiento y responsabilidad compartida.
No basta con defender a la familia como concepto. Debemos construir una sociedad en la que formarla, sostenerla y formalizarla no sea una posibilidad reservada para quienes poseen suficiente dinero, tiempo y seguridad.
Formar una familia no debería ser un lujo. Construirla entre dos tampoco.
Por Jacek Swiatkowski De Lara

