RDÉ DIGITAL, SANTO DOMINGO.– Un título universitario, una certificación técnica y varios años de experiencia caben dentro de una maleta. Lo que no aparece en el equipaje es todo lo que República Dominicana pierde cuando esa persona decide marcharse.
Quien emigra no deja solamente una dirección. Deja la mesa donde comía con sus padres, los amigos que conocían su historia, el abrazo de sus abuelos y ese modo tan dominicano de convertir cualquier encuentro en una celebración.
Se llevan fotografías, recuerdos y promesas de regreso. Pero también carga con una pregunta silenciosa: ¿por qué tuve que abandonar mi tierra para construir la vida que soñaba tener en ella?
En las entregas anteriores analizamos tres obstáculos que dificultan formar una familia: el costo de la crianza, la pobreza de tiempo y la fragilidad creciente de las estructuras familiares.
Existe una cuarta dimensión: cada vez más dominicanos están construyendo fuera del país el futuro que no lograrán visualizar dentro de él.
Entre 2017 y 2020, aproximadamente 129.483 dominicanos de entre 18 y 55 años emigraron hacia Estados Unidos, España, Italia y Chile. Entre 2021 y 2024, comparando períodos de igual duración y destinos, la cifra estimada aumentó a 145.983.
Son 16.500 personas adicionales: un crecimiento del 12,7%.
El resultado debe interpretarse como un indicador y no como un recuento exacto de individuos, pero la dirección de la tendencia es clara.
Se están marchando dominicanos durante los años en que normalmente consolidan sus carreras, emprenden, adquieren viviendas, tienen hijos y desempeñan sus mayores aportes al sistema productivo y tributario.
El país que forma talento para perderlo
No todos los emigrantes poseen un título universitario. Pero entre quienes parten se encuentran médicos, docentes, ingenieros y técnicos cuya preparación requirió años de sacrificios familiares e inversión pública y privada.
Este joven que concluye una carrera y descubre que su salario no le permite una vida digna. Es la enfermera que cuida a cientos de pacientes, pero no puede comprar una vivienda. Es el técnico que domina un oficio exigido y aun así no logra sostener un hogar.
No quieren marcharse. Sienten que no pueden quedarse.
Y ahí comienza mi indignación.
No podemos invertir miles de millones de pesos en educación y formación técnica para después ofrecerles a nuestros jóvenes empleos que no valoran sus capacidades. No podemos celebrar la graduación de profesionales mientras construimos una economía que les entrega un pasaporte para el colmo débil como la principal posibilidad de ascenso.
Mientras ellos reconstruyen sus carreras desde cero, otra economía recibe su disciplina, su conocimiento y sus mejores años productivos.
Cuando emigrar se convierte en una estrategia familiar
Marcharse puede representar una pérdida para República Dominicana y, simultáneamente, una decisión racional para una familia.
Los hogares comparan salarios, seguridad, educación y oportunidades. Cuando concluyen que otro país les ofrece mayores posibilidades de estabilidad, emigrar deja de ser una aventura y se convierte en una estrategia familiar.
Quienes parten tampoco se olvidan del país.
Durante los primeros nueve meses de 2026, los dominicanos residentes en el exterior enviaron aproximadamente US$9,490 millones en remesas. Ese dinero paga alimentos, medicamentos, educación y viviendas. También aporta divisas y contribuye a la estabilidad económica nacional.
Pero una transferencia no reemplaza la presencia.
Detrás de muchas remesas existe una madre que se perdió los primeros pasos de su hijo; un padre que observa cumpleaños mediante una pantalla; unos abuelos que envejecen esperando una visita.
La diáspora sostiene una parte esencial de nuestra economía, pero lo hace pagando un costo emocional que no aparece en las estadísticas.
Las remesas son el testimonio de su amor y responsabilidad. No deberían convertirse en la excusa para ignorar por qué tantos dominicanos tuvieron que marcharse.
La Constitución promete que trabajar debe ser suficiente
El artículo 62, numeral 9, de la Constitución dominicana establece que “todo trabajador tiene derecho a un salario justo y suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir sus necesidades y las de su familia”.
Cuando un dominicano estudia, trabaja y cumple con sus obligaciones, pero debe abandonar el país para alcanzar esa dignidad, existe una distancia dolorosa entre el derecho escrito y la vida cotidiana.
No podemos continuar celebrando las remesas mientras ignoramos las condiciones que obligaron a producirlas. Resulta incoherente invertir en la educación de nuestros ciudadanos y luego condenarlos a buscar en otra tierra una dignidad que aquí no encontraron.
República Dominicana necesita detener la hemorragia de nuestro capital humano y comenzar a ofrecer razones para permanecer, regresar y formar una familia.
“La familia es nuestra Patria”

