La cinta recrea el viaje que realizó el poeta francés Antonin Artaud a la Sierra Tarahumara, en Chihuahua, México, en 1936. Sin embargo, la historia va más allá de aquel recorrido y se adentra en las creencias, los sueños y las ceremonias de los rarámuri.
La cosmovisión rarámuri en Jíkuri
La trama parte de una explicación del chamán de la comunidad, don Felipe Fuentes. Según esta interpretación, Artaud habría perdido su alma por desconocer las reglas de la danza del jíkuri, una ceremonia sagrada vinculada al peyote.
Esta práctica puede extenderse durante varios días y noches. De acuerdo con Ceccheti, los hombres deben realizarla tres veces y las mujeres cuatro, en correspondencia con sus almas.
Para los rarámuri, participar en la ceremonia equivale a entrar en un sueño. En ese espacio espiritual, las almas pueden encontrarse y viajar. Por eso, los sueños ocupan un lugar central en la película y conectan a Artaud con Rayénari, un corredor indígena que lo ayuda a recuperar su alma.
Además, el director encontró en el mundo onírico un lenguaje común para acercarse a la comunidad. De esta manera, los sueños sirvieron como punto de encuentro entre la cosmovisión rarámuri y el surrealismo asociado al poeta francés.
Una película construida junto a la comunidad
Ceccheti recuerda que, durante un taller de actuación, los participantes rarámuri describieron el cine como un ave gigante que vuela por el mundo para llevar su canto. Esa imagen terminó convirtiéndose en una idea central del proyecto.
Según el director, los integrantes de la comunidad participaron activamente en la construcción del guion. Asimismo, vieron en la película una oportunidad para acercar a las nuevas generaciones a tradiciones que consideran amenazadas, entre ellas la danza del peyote.
El personaje de Rayénari también incorpora experiencias reales de José Cruz Apachoachi, quien lo interpreta y es corredor en la vida cotidiana. Sus vivencias en las carreras de bola, una práctica tradicional en la que los participantes patean esferas de madera durante horas, contribuyeron a dar forma a la historia.
El respeto por una práctica sagrada
La película también aborda la relación de los rarámuri con el peyote. Aunque esta planta tiene un significado espiritual, algunos miembros de la comunidad la consideran peligrosa y mantienen una actitud de respeto y cautela ante su consumo.
Ceccheti señala que Rayénari refleja esa postura al resistirse a participar en la ceremonia, a diferencia de Artaud. Según el cineasta, la práctica se conserva actualmente en una pequeña zona de la Sierra Tarahumara y corre el riesgo de desaparecer.
Con Jíkuri, el director busca presentar la cultura rarámuri desde la colaboración y el aprendizaje compartido. La película convierte así el cine en un espacio para transmitir sus saberes, tradiciones y formas de entender el mundo.

