RDÉ DIGITAL SANTO DOMINGO.– Con bombos, platillos y picos nuevos, el Gobierno —a través de la Unidad Técnica Ejecutora de Proyectos de Desarrollo Agroforestal (Utepda)— se fue hasta Peralta, en Azua, para entregar más de 126 mil plantas de café, aguacates, herramientas agrícolas y promesas verdes. Todo esto, dicen, como parte de una cruzada ambiental para “recuperar la cobertura boscosa” del país.
Hasta aquí, el gesto suena loable. ¿Quién podría oponerse a que se siembre café en tierras altas, se fertilice el suelo y se equipe al campesinado? Pero, mientras tanto, en la capital, la otra cara de la moneda es más oscura y contradictoria. El Jardín Botánico Nacional —el mayor pulmón vegetal de Santo Domingo— enfrenta abandono, reducción de su personal técnico, tala indiscriminada y amenaza urbanística. Lo mismo ocurre con el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte, donde árboles frondosos, que llevaban décadas refrescando a caminantes y atletas, fueron talados sin explicación ni criterio ambiental, para abrir paso a cemento, obras “modernas” y espacios muertos.
¿De qué sostenibilidad hablamos si, mientras sembramos en Azua, arrasamos con los árboles adultos de la ciudad? ¿Qué sentido tiene llenar Peralta de fundas para viveros si aquí mismo, en la capital, los viveros naturales se están volviendo solares vacíos, parqueos y escenarios de “reformas” que solo entienden de maquinaria y no de ecosistemas?
Este tipo de incongruencias pone en tela de juicio el verdadero compromiso del Estado con el medioambiente. La defensa del entorno no debe ser selectiva ni depender de dónde se tome la foto para la prensa. No puede haber “Gobierno en las Provincias” sin “Gobierno en la Capital”. Ni sostenibilidad si se tala por un lado lo que se siembra por otro.
La ironía es burda: mientras en Azua se reparten tijeras de podar, en Santo Domingo parecen usarlas para cortar lo poco verde que queda. Si el Gobierno quiere que lo tomen en serio en materia ambiental, debe comenzar por cuidar su propia casa. Porque no hay bonificación, ni mochila, ni catimor que compense la pérdida de un solo árbol adulto en la urbe.
¿Estamos sembrando futuro o simplemente limpiando terreno? ¿Será que la verdadera política ambiental es plantar promesas y talar realidades? ¿Hasta cuándo toleraremos esta doble cara verde que ni es verde ni es cara?
¿Tú qué opinas? ¿Será posible un equilibrio real entre desarrollo y conservación, o seguiremos celebrando la siembra mientras deforestamos lo que nos queda?

